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En una sociedad impregnada de insatisfacción y rutina, proliferan los desarreglos mentales y del comportamiento asociados a la ansiedad y a la depresión. Las drogas psicotrópicas legales, entre las que se encuentran las benzodiacepinas y algunos opiáceos, son recetadas cada vez más por médicos de familia y especialistas para combatir un problema que tiene un origen mucho más profundo.


Cada vez más ansiosos y deprimidos

De acuerdo con el Ministerio de Sanidad español, en un informe publicado en diciembre de 2020 –con datos de 2017–, el trastorno de ansiedad afecta al 6,7 % de la población, mientras que la depresión y el trastorno del sueño están presentes en el 4,1 y el 5,4 %, respectivamente. Como cabía esperar, el estrés social y el recorte de libertades civiles derivados de la pandemia de SARS-CoV-2 han empeorado la situación.

Según un estudio publicado en The Lancet, la gravedad de los cuadros depresivos ha aumentado un 28 %, y se prevé un aumento del 25 % en los casos de trastorno de ansiedad.

En este contexto, el índice de suicidios está en máximos históricos, con 3 941 muertes durante 2020 (8,31 por cada 100 000 habitantes), según el Instituto Nacional de Estadística. Mientras que la depresión y la ansiedad afectan más a las mujeres, el número de suicidios es mayor en los hombres.


Exceso de medicación

El Grupo de Trabajo de Salud Mental de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia sostiene que la mitad de la población sufre síntomas de estrés, ansiedad, depresión y trastornos del sueño. Esto ha disparado el número de recetas de fármacos psicotrópicos de tipo ansiolítico e hipnótico. Entre ellos, destacan las benzodiacepinas, los antidepresivos y los opiáceos.

Un informe publicado por la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios sostiene que el consumo de este tipo de sustancias asciende a 94,33 dosis diarias por cada 1 000 habitantes. Esto significa que casi el 10 % de los españoles toma ansiolíticos e hipnóticos a diario. Es un dato que sitúa al país en el tercer puesto del ranking europeo, por detrás de Portugal y Croacia.

La situación es similar respecto a los antidepresivos, con 80,4 dosis diarias por cada 1 000 habitantes, la tasa más elevada en la última década. Si tenemos en cuenta que la mayoría de los datos están actualizados hasta 2020, es de prever que estos números aumenten en los siguientes informes.


La paradoja de los suicidios

A la vista de lo expuesto, surge una paradoja que pone en entredicho la eficacia y seguridad de estas sustancias. En unas circunstancias sociales que han provocado un significativo aumento de las patologías mentales, tratadas fundamentalmente con este tipo de fármacos, se registran los mayores índices de suicidio.

Y, aunque es difícil de cuantificar, también se está incrementando la dependencia de la población a estas drogas legales. Sin ellas, parece, es incapaz de “ser feliz”; o, al menos, de soportar la realidad diaria.

Los fármacos psicotrópicos se detectan frecuentemente en los análisis toxicológicos practicados en las autopsias. Así, un 32 % de suicidas dieron positivo en opiáceos o benzodiacepinas, según un reciente estudio publicado en Estados Unidos. Antes se había reportado que estas sustancias incrementan el riesgo de cometer suicidio.

Un trabajo publicado recientemente por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria muestra que el 41 % de 402 individuos sometidos a autopsias entre 2015 y 2017 presentaban restos de drogas legales. Las benzodiacepinas (24,1 %) fueron las más detectadas .

Además, un tercio de la población estudiada presentaba dos o más sustancias en el momento del fallecimiento. Esto indica que un segmento de la población combina diferentes tipos de psicotrópicos legales, con los riesgos evidentes derivados de dicha práctica.

Dado que estas sustancias son legales, nada impide que se realicen tareas diarias –como conducir– bajo los efectos de unas drogas que merman las capacidades del sistema nervioso, un riesgo enorme de consecuencias no estudiadas. El asunto se pone aún más serio cuando se establece una relación entre el uso de estos fármacos y los homicidios, otros actos delictivos y muertes violentas de diferente naturaleza.

En una sociedad cada vez más superficial, con un estilo de vida basado en la inmediatez del placer, parece lógico pensar que se busque una salida en los paraísos artificiales creados por estas sustancias, aunque las consecuencias no puedan ser vislumbradas siquiera.


Más atención y fármacos alternativos

No es objeto de esta reflexión poner en tela de juicio la labor de los médicos de atención primaria y de los especialistas en psiquiatría. Al contrario, ellos son parte fundamental de la solución a un problema mucho más profundo de lo que parece. Y dicha solución pasa, irremediablemente, por mejorar la atención psicológica de la población, que tiene un limitado acceso a la atención pública y se ve abocada a una atención privada que no siempre puede permitirse.

En segundo lugar, parece evidente que se necesitan fármacos alternativos, más eficaces y menos adictivos. En este sentido, ha llegado el momento de comenzar a hablar seriamente de terapias –perseguidas desde hace décadas por las políticas indiscriminadas de control de drogas– que han mostrado resultados prometedores.

Así, sustancias como la psilocibina, la mescalina, la dietilamida del ácido lisérgico (LSD) o la 3,4-metilendioxi-N-metanfetamina (MDMA) han demostrado ser muy útiles en el tratamiento del shock postraumático, la adicción al alcohol, la terapia de pareja, la ansiedad o la depresión.

Otra sociedad es posible. Depende de nosotros. Pero de eso hablaremos en otra ocasión. Artículo publicado en https://theconversation.com/drogas-legales-una-plaga-silenciosa-182585





Cada ámbito de la ciencia tiene sus instrumentos que nos ayudan superar las limitaciones de la percepción humana. Gracias a los microscopios, los biólogos pueden ver las células y sus componentes individuales. Los vulcanólogos son capaces de medir ínfimos movimientos en el subsuelo gracias a los cada vez más precisos sismógrafos, algo que sería imposible para un ser humano. ¿Y la psicología?

El James Webb Space Telescope es el telescopio más potente del mundo. Con él podemos contemplar el espacio profundo, atisbar los confines del Universo conocido y expandir la mirada humana hasta límites jamás sospechados por nuestros antepasados que por primera vez dirigieron sus miradas al cielo estrellado con asombro, esperanza y miedo. Con esta herramienta que es el producto del ingenio, el empeño y la inagotable curiosidad y ambición del ser humano podemos cumplir el sueño de viajar en el tiempo, en este caso al pasado, y ver cómo era el Cosmos hace miles de millones de años. Esto se debe a que el tiempo que tarda en recorrer la luz desde las galaxias y otros objetos cósmicos hasta nosotros es tan grande, que una vez que esta nos alcanza, nos muestra una imagen caducada desde tiempos inconcebibles. Con instrumentos como el James Webb Telescope nuestro conocimiento de la historia y evolución del Universo observable se vuelve fáctico, empírico y, además, difícilmente superable en su belleza sublime. La astrofísica nos permite conocer nuestro pasado.





Esta es la molécula de la psilocibina, el principio activo principal de los hongos psilocibios, también conocidos como setas mágicas. Estos pequeños seres crecen de forma natural en todo el mundo. Desde el año 1971 han sido repudiados e ilegalizados en base a sus supuestos efectos perjudiciales, siendo catalogados como sustancias sin aplicación médica y carentes de interés científico. Su consumo, cultivo, recolección o tenencia es considerado delito grave contra la salud pública en la mayoría del mundo. No obstante, en los últimos 25 años y tras 30 años de represión sistemática, vuelven a estar en la punta de lanza de la investigación psicofarmacológica, retomando así la investigación iniciada en los años 30 que tan buenos resultados arrojó para el tratamiento de las adicciones.

La investigación realizada con pacientes que sufren de diversas patologías psicológicas graves como la depresión resistente al tratamiento, nos dice que las experiencias inducidas por medio de sustancias como la psilocibina son en la mayoría de casos profundamente transformadoras. El paciente depresivo que se encuentra bajo los efectos de este alcaloide en un contexto terapéutico seguro y regulado puede experimentar visiones y obtener insights (autoconocimiento intuitivo y empírico) que le permite contemplar su vida y hábitos de pensamiento, sus bloqueos emocionales y traumas, sus creencias patológicas y obsesiones compulsivas desde una perspectiva radicalmente diferente, con una mirada nueva. No en vano se conoce estos estados como estados expandidos de conciencia, entre los que se encuentran también aquellos inducidos por la meditación. Cabe destacar que en la mayoría de casos y tras una única sesión de “terapia psicodélica”, los síntomas de estas personas remiten de forma prácticamente total durante un período de 6 a 12 meses. En ocasiones los síntomas no vuelven a aparecer hasta pasado más tiempo o nunca. Esto les devuelve la esperanza a personas que la habían perdido y que vivían en un infierno crónico lleno de dolor y sufrimiento. ¡La vida, la valiosa y única vida que tienen, vuelve a valer la pena ser vivida!


¿Qué les muestra la experiencia psicodélica a estas personas? Difícil de decir. Pero no cabe duda que la psicología tiene una herramienta poderosa que debe ser implementada si queremos abandonar la superficialidad de los paliativos mal llamados antidepresivos, ansiolíticos, etc. que, pese a su indudable utilidad en algunos casos, nos mantienen atados a la ignorancia en términos de autocuración.

¿Podrá esta molécula ayudarnos a comprender las profundidades de la mente humana de la misma forma que ayudan a los pacientes con depresión a poner en marcha el proceso curativo innato de la psyche humana? ¿Son los psicodélicos para la psicología, lo que los telescopios son para la astrofísica, con la gran diferencia de que el James Webb Space Telescope tuvo un costo de 10.000.000.000 de dólares (si, diez mil millones) teniendo una estimada vida útil de 10 años, mientras que la mayor parte de psicodélicos se encuentran de forma natural en plantas, hongos y animales? No deja de ser una ironía que los hongos psilocibios crezcan de forma natural en los excrementos del ganado. Esto da que pensar...


No podemos desaprovechar estas poderosas medicinas que están al alcance de nuestras manos y que, pese a todas las prohibiciones, van a seguir presentes en la naturaleza. Mejoremos el presente de las personas y démosles un futuro por el que seguir viviendo, por el que seguir luchando para mejorar la sociedad y hacer del mundo un lugar mejor para todos. La depresión, el trastorno de ansiedad o el trastorno de estrés postraumático son solo algunas patologías tratables con estas sustancias. Recientemente se han iniciado ensayos clínicos para estudiar sus efectos terapéuticos para la anorexia, el Alzheimer, el Parkinson, las migrañas y las cefaleas en racimo. Para estas dos últimas con resultados más que prometedores.


Al igual que la astrofísica se vale de telescopios ópticos, radiotelescopios, telescopios de infrarrojos, de rayos x para explorar el universo exterior, existe una amplia gama de sustancias psicodélicas para explorar y manifestar el universo interior.


No necesitamos otros mundos. Necesitamos espejos. (Stanislaw Lem)

Psilocibina, LSD-25, DMT o MDMA son sólo algunos nombres que, ojalá, veamos pronto en las clínicas y hospitales de los países que hayan superado las barreras de los prejuicios y la desinformación. Invirtiendo tiempo, dinero y talento en descubrir todo el potencial de estas medicinas nos ayudará a aprovechar todo su potencial beneficioso y mitigar sus, ya de por sí, relativamente infrecuentes efectos adversos.





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