Psicodélicos, espiritualidad y consentimiento: lo que casi nunca se discute
- Asociación Psicodélica Canaria
- hace 22 horas
- 2 Min. de lectura

En los últimos años se han multiplicado en España los retiros y ceremonias espirituales que incluyen el uso de sustancias psicodélicas como la ayahuasca. Suelen presentarse como experiencias de sanación, autoconocimiento o despertar espiritual, y a menudo se apoyan en un argumento tranquilizador: “son sustancias seguras y la gente participa voluntariamente”. Pero ¿es eso suficiente para dar el asunto por cerrado?
Buena parte del debate público —y también judicial— se ha centrado en si estas sustancias están o no fiscalizadas, o en si existe tráfico de drogas. Sin embargo, hay una cuestión mucho más incómoda que suele quedar fuera del foco: ¿qué ocurre con la autonomía y el consentimiento cuando se inducen estados de alta sugestionabilidad en contextos de autoridad espiritual?
Los psicodélicos no solo alteran la percepción. También pueden aumentar la apertura cognitiva, la emocionalidad y la sensibilidad al entorno. En términos sencillos: hacen a las personas más influenciables. Esto no es necesariamente negativo en un contexto clínico cuidadosamente regulado, pero cambia radicalmente de significado cuando ocurre en ceremonias no reguladas, potencialmente guiadas por figuras carismáticas que pueden estar ofreciendo interpretaciones filosóficas/religiosas/espirituales cerradas sobre “el sentido” de la experiencia.
Aquí aparece un tipo de daño del que casi no se habla: los daños epistémicos. No se refieren a “creer cosas raras”, sino a algo más profundo: cambios duraderos en cómo una persona forma y evalúa sus creencias, en qué fuentes considera fiables y en cuánta capacidad tiene para revisar críticamente lo que cree. Estos daños pueden coexistir con experiencias subjetivamente intensas o incluso valoradas como positivas, lo que los hace difíciles de detectar y aún más difíciles de cuestionar.
Esto plantea preguntas incómodas:
¿Puede considerarse plenamente válido un consentimiento prestado antes de una experiencia que, por su propia naturaleza, no puede comprenderse de antemano?
¿Es realmente libre una decisión tomada en un contexto donde la vulnerabilidad es inducida y la interpretación queda en manos de una autoridad?
¿Hasta qué punto la ausencia de coacción explícita basta para descartar influencia indebida?
Algunas resoluciones judiciales han tendido a responder, que si no hay tráfico y la sustancia no es especialmente peligrosa, y el consumo se realiza bajo propia responsabilidad, no hay causa. Pero esta forma de razonar ignora el contexto, la relación de poder y los efectos cognitivos de estas prácticas. El riesgo no está solo en la sustancia, sino en cómo, dónde y bajo qué autoridad se usa.
Pensar críticamente sobre estos fenómenos no implica necesariamente prohibir, ni negar la libertad religiosa, ni demonizar a quienes buscan alivio o sentido. Implica algo más básico: reconocer que la autonomía no se reduce a decir “sí”, y que protegerla exige mirar más allá de la superficie. Cuando una experiencia puede reconfigurar creencias, valores y criterios de verdad, la pregunta no es solo si alguien quiso participar, sino en qué condiciones pudo realmente decidir.
Tal vez ha llegado el momento de empezar a hacer esas preguntas en serio.



Comentarios